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Tertulia.

Tertulia

4to. Concurso de Cuento 

Xenofobia

EL PÁJARO ROMPE EL CASCARÓN

ARELI HERNÁNDEZ

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Cuando el pequeño Quetzal era apenas un polluelo, había escuchado a otras aves canturrear sobre lo increíble que eran otros árboles, los prados brillantes, los refrescantes ríos y los atardeceres que fortalecían al corazón más débil. Con gran ilusión imaginaba cada paisaje, hasta el más mínimo detalle, pensando en las hierbas bañadas en rocío o cómo danzarían sus alas al surcar los cielos, pero los vientos lo llevaron a vivir otro tipo de historias. La primera vez que creyó morir fue en su primera noche lejos del árbol en el que creció; al buscar un árbol frondoso en el que dormir, se encontró con un cuervo, su elegante plumaje negro le hizo temblar y su pico considerablemente más grande que el suyo lo hizo imaginar que lo comería en apenas un bocado. “No deberías temer. Si un día quisiera comer a alguien tan pequeño, se lo diría apenas verlo. Deberías cuidarte de quienes son pacientes con sus presas”. El cuervo no dijo más, se mantuvo durmiendo a su lado. El Quetzal no se atrevió a moverse cuando el cuervo pareció acurrucarse a su lado aquella noche tan fría. La primera vez que la joven ave sintió miedo fue cuando llegó a las cálidas tierras del Oriente. Había escuchado historias que lo llevaban a grandes imperios repletos de los árboles más impresionantes jamás vistos, pero al llegar se encontró con tierra estéril. Sus plumas perdieron un poco de su vibrante color al notar el olor del hambre y la sangre en el viento. El Quetzal buscó entre las cenizas de los árboles, preguntó al viento, incluso cantó encantando a las aguas en busca de respuestas, pero no encontró nada más que silencio. “Alguien por fin vino, ¿me llevarás a un nuevo hogar?", susurró una frágil ave escondida en un huequito bajo tierra. El Quetzal inocente le preguntó sobre el paradero de los demás, pero tal parecía que aquella Cinnyris Osea apenas sabía si era de día o de noche, con un canto quebrado que hizo doler su corazón le contó que hacía un tiempo, bajo la hábil lengua de un ave aún más grande que el cuervo, sus tierras habían dejado de existir y todos aquellos que la habitaban en apenas un cerrar de ojos habían volado sin acordarse de llevarlo con ellos. Ya no había ancianos para contar historias, ni polluelos que las escucharan; solo quedaban aquellos que habían borrado sus nombres de la existencia, esperando algún día encontrar un árbol tan tranquilo y cálido como los que alguna vez existieron en sus tierras. La primera vez en que el Quetzal se percató de lo que era el cansancio fue al llegar a las tierras occidentales. Anteriormente, ya había conocido a Loros, Tucanes, Guacamayas e incluso algún Cóndor, pero años atrás habían partido al norte de estas tierras; nunca entendió bien por qué hasta hoy: “¡Hay que trabajar, niño! Comer se vuelve cada vez más difícil, volar lo será también y dentro de poco quizá necesitemos pedir permiso para respirar”. Ese día pasó más tiempo en tierra del que jamás había pasado, con sus patas cubría las semillas que sus compañeras colocaban y que regaron después de que él las tapara de manera correcta. Solo una vez el débil Quetzal sintió dolor; fue al intentar entrar al Norte. No hace muchos meses habían comenzado a correr rumores de cómo las águilas habían comenzado a quitarle el plumaje a las aves que tuvieran colores demasiado brillantes. Comprobó aquello al intentar descansar bajo la sombra de un Álamo. “Las aves de tu tipo envenenan nuestros árboles desde la raíz, entran aquí con esas plumas llenas de tanta tierra que llenan de enfermedades nuestra comida”. Sin tiempo para reaccionar, el águila soltó un fuerte chillido antes de que una parvada lo rodeara, solo una lo atacaba bajo la helada mirada de cuentos de gigantescos seres que parecían regodearse al escuchar los alaridos del Quetzal. Bajo el manto de cientos de estrellas apenas caminaba con sus patitas flacas y tambaleantes, descubrió que las semillas que plantó al crecer llegarían hasta estas tierras, se lamentó al descubrir en carne propia que solo los picos de aquellas cosas serían tan crueles para exigir acabar con tierras enteras sin otra razón más que imponer. Sin sus amadas plumas era incapaz de volver a su tierra natal, incapaz de explorar más lugares o de buscar por ayuda. “Pobre criatura. No queda nada más de ti que un rastro de sangre y tú triste canto”; el cuervo, que alguna vez creyó que lo mataría, estaba nuevamente ahí, frente a él. Su primera reacción fue pedirle que lo dejara morir, no soportaba el dolor que le causaba que el mundo no fuera tan impresionante como lo era en las historias que había escuchado. Sin embargo, el cuervo arrancó algunas de sus plumas para cubrir al Quetzal, cuido de sus heridas y se quedó escuchando su cantar, por más deprimente que fuera. “Quizás algún día, puedas encontrar el mundo que deseas, puede que haya alguien que también anhela que ese mundo exista”.

EL SUÉTER

ANDY HERNÁNDEZ

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-¿Hijo? ¿Qué está pasando? No me asustes...- se escuchaba levemente en la bocina del teléfono, pero no había nadie quien pudiera recogerlo. -Mateo, ¿Me escuchas?... Hay un suéter viejo abandonado en una calle. No es de marca, no es especial, está un poco desaliñado, la gente pasa alrededor y parece no importarles, es como si fuera una basura estorbando en el camino. Pero no siempre estuvo ahí desechado como basura. Hace unas cuantas noches era el calor que abrigaba a alguien en sus solitarias noches en un lugar nuevo. Un vecino cerca llamo alterado al 911. Mateo era un joven lleno sueños, le era imposible estarse quieto, siempre fue curioso, queriendo saber más de todo lo que le rodeaba. Ambicioso y con deseos de superarse, de llegar lejos, convenció a su madre de que le dejara irse, de poder conocer el mundo por su cuenta. Su madre era una mujer bastante sobreprotectora, su único hijo y su razón de vivir, siempre supo que estaba hecho para conquistar el mundo, con el corazón partido lo dejo ir, confiando en verlo triunfar. -¿Qué onda Ma?- decía Mateo en su llamada semanal con su madre. Él iba saliendo del trabajo, esa noche le tocó hacer cierre en el restaurante, aún quedaban unos compañeros pero él se retiró un poco antes para alcanzar el autobús a su casa. Mateo llegó un poco al sur de Estados Unidos, no era bueno con el idioma, pero era determinado, trabajaba arduamente para poder enorgullecer a su madre. Las personas eran amables y comprensivas en su mayoría, ayudándolo cuando se le complicaban algunas palabras o se sentía perdido. Aun así no era inevitable sentir el rechazo en algunas personas, incluso el asco en la mirada de algunos cuando se lo topaban de frente. Mateo siempre trataba de restarle importancia, dolía, sí, pero era lo de menos, tenía cosas más importantes en las que enfocarse. Pero no siempre todo va como uno quisiese. Caminaba por las calles, sintiendo un ligero escalofrío, se abrazó a sí mismo, permitiendo que el calor del suéter le abrigara y diera cobijo. Caminando bajo los faroles de las banquetas, se ponía al día con su madre. -Sí, tranquila. Ahorita llego a mi casa y me haré de comer, ¿y tú ya comiste?- decía con normalidad, acercándose un poco más a la parada de buses. Era tarde, por lo que estaba algo solitario, pero no importaba, solo era esperar un poco por el autobús, y con su madre al teléfono, se sentía acompañado. Un grupo de jóvenes venían de beber y disfrutar una salida de amigos. Coreaban y reían a carcajadas, quizá se habían pasado demasiado con la bebida, ellos llevaban su alegría y ruido a las silenciosas calles. Se empujaban, bromeaban, estaban más envalentonados gracias al alcohol que fluía en su cuerpo. Las personas que estaban fuera en ese memento comenzaron a tomar otros caminos o evitarlos, eran típico grupo de borrachos problemáticos. Todos estaban evitándolo, menos alguien. Quien estaba más concentrado en una llamada. -Salúdame a mi tía, dile que extraño sus chilaquiles, acá no hay comida así de rica- dijo Mateo entre risas, rememorando sus tardes en casa de su tía, con la familia reunida y comiendo juntos... Lamentablemente no podría verlos hasta dentro de un año, esperando ansiosamente que hicieran una gran fiesta por su regreso. Uno de los jóvenes estaba caminando un paso más adelante del resto, tarareando una canción sin ritmo ni letra, solo hacienda de bufón, aunque uno de ellos escuchó una charla a lo lejos, pero no entendía. Se giró en todas direcciones y en una esquina, en la parada de buses, lo vio: un chico con un suéter azul, bajo la luz de la farola, parecía distraído, pero, ¿qué idioma era ese? ¿Acaso era español? Le dio un pequeño empujón a uno de sus amigos, y con la mirada apunto a dicha esquina, poco a poco el resto miró con curiosidad, notando al chico, y su idioma en español, sintieron asco. ¿Qué hacia un tipo como él en su país? Estaba ensuciando con su presencia, contaminando el aire que respiraba. Como siempre, esas ratas llegando como plaga a su país. Mateo vio cómo se acercaban unos jóvenes, le decían cosas, pero no terminaba de comprender todo lo que decían. -Ah, espera Ma... - alcanzó a decir Mateo a su madre a través de la llamada. Trato de apartarse del lugar. lntentó irse, pero poco a poco le rodeaban. -I'm going now, okay?- trato de decirlo pronunciándolo mejor, aunque aún se notaba su acento mexicano, lo que pareció repugnar más a los jóvenes. Uno de ellos lo empujó, provocando que el teléfono terminara en el piso, lejos de las manos de su dueño. En la llamada se reportaba una riña, eran varios jóvenes gritando y riendo, eran demasiado ruidosos que era imposible no notar que aIgo ocurría en la calle. Pero las sirenas llegaron tarde, ya no había nadie cerca, parecía que todo se calmó y se retiró la patrulla; destruyendo sin darse cuenta un teléfono que había caído ahí. Al día siguiente, en esas mismas calles, todos transitaban con normalidad. Personas que iban al trabajo, que iban a hacer sus compras, o los niños yendo a la escuela. Nadie miraba al piso donde solo quedaba un suéter sucio y destrozado, la gente lo pisaba y hacia a un lado con la punta de sus zapatos, como si no quisieran tocarlo. Ya no había quién abrigara ese suéter, y a nadie le importó.

MEDIO SEGUNDO

SOFÍA ALMAGUER

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La risa siempre llega medio segundo antes de que entienda el porqué. Siempre con mi nombre, mi acento o mi físico. Todos se ríen, yo también, aprendí a hacerlo; me decían que era broma, que nos llevábamos así, que no me lo tomara personal. Tengo quince años. Estoy en tercero de secundaria. En dos meses entro a la prepa. Eso debería significar que ya sé quién soy, pero nunca he estado cerca de saberlo porque siempre soy lo que quieren los demás, lo que ellos necesitan que sea. No me molestan. Si me molestaran sería distinto. Solo hacen chistes. Mis papás se mudaron aquí buscando un sueño, una aspiración; hartos de la presión social de nuestro país, solo querían que creciera fuera de esos estigmas, que me salieran alas y volara libre bajo mis propias decisiones. La primera vez que fui a la escuela aquí fue rara; llegué al salón y me pidieron que pasara al frente a presentarme. —Hola, mi nombre es Phan Bao, vengo de Vietnam y migré aquí por el trabajo de mis padres Escuché risas y susurros al fondo del salón. —Jajaja, es chino seguro trae covid por comer perros, que se regrese a su casa Se ríen todos en silencio, yo también; medio segundo tarde. La maestra pareció no darse cuenta, no hizo nada al respecto. Me senté con ellos, me hicieron espacio, siempre había espacio -Oye, Bao —dice— ¿Tú sí ves bien o cómo funciona eso? -Sí veo — respondo -Era broma— dice rápido, levantando las manos. -Ya sé. Ahora varios años después, son mis "amigos”; en el recreo me junto con ellos, me invitan, me pasan la tarea. Solo que a veces, cuando se ríen, no estoy seguro si es conmigo o si es de mí. A veces me pregunto en qué momento empecé a agradecer que me incluyeran, aunque fuera así. Supongo que es más fácil ser el chiste que el que queda solo. Hoy es la foto de graduación, nos ordenan por tamaño. Quedé en medio. Uno de atrás se estiró los ojos con los dedos cuando el fotógrafo contó tres. No lo vi, Lo escuché: El clic de la cámara, la risa contenida, el susurro "ojitos de regalo". Esperé el medio segundo de siempre, pero no hice nada, solo lo miré como cuando algo no me da risa. —Ya, era broma— dijo. —Está bien, pero la verdad no me gusta que hagas ese tipo de "bromas"— respondí. Sentí algo distinto, no fue valentía, fue cansancio que pudo encontrar voz. Cuando suena el timbre, el pasillo se llena de ruido otra vez. Alguien me pregunta si voy a ir al partido del sábado. —Sí— respondí. El sol me pega directo en la cara y entrecierro los ojos, como cualquiera cuando hay demasiada luz. Alguien hace un chiste atrás, pero no escucho bien. Y por primera vez en mucho tiempo no quiero hacerlo. En dos meses entro a la prepa, y no sé si allá será diferente. Pero ya no quiero agradecer que me quieran solo si me doblo un poco. Quiero ser quien soy sin aparentar y estar orgulloso de mi cultura, alzar la voz y abrazarla, porque sí, es diferente, pero eso no significa que sea mala. Me mudé aquí buscando una oportunidad y merezco tenerla. No soy diferente a ti por tener los ojos rasgados o un color de piel diferente y eso no me hace menos.

Jurado

La Casilla Ahumada

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